Merece la pena … vivir

Todos estos años viajando me han enseñado una cosa. Me han enseñado que merece la pena, merece la pena el riesgo, merece la pena moverse, jugarse la integridad, vivir.

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Hay gente que ve la vida con cierto miedo, yo era un poco así antes, quizás por la educación recibida, la sobreprotección, la constante alerta ante el potencial peligro, pero es algo que he cambiado y mis viajes me han ayudado a ello. Y me gusta.

Hay gente que teme. Teme enfermar, herirse físicamente (o psicológicamente), cometer un error, quedar en ridículo (herida social), temen perder algo… Todo esto genera un estado de alerta que no deja disfrutar de la vida y que hace que te prives de grandes cosas. Mucha gente no podría hacer los viajes que yo y mis compañeros hacemos, a mí mismo, por esa mentalidad, me costó los primeros años.

Pero he aprendido que merece la pena. Y lo he aprendido por inundación. En occidente vivimos en una burbuja aséptica. Todo está limpio, los wcs huelen a lejía. Todo es seguro, los coches tienen cinturones de seguridad.

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Cuando estás en mitad de la selva tropical y ves a un niño andando descalzo a toda velocidad, te preguntas… ¿No teme clavarse algo? Piensas que puede ser inconsciente por ser joven, pero acto seguido ves detrás a un adulto haciendo lo mismo. Puede ser difícil de comprender desde una mente occidental con sobreprotección hacia su propio ser. La respuesta es: Sí, puede clavarse algo, pero las heridas curan y sin embargo la sensación de no preocuparse de ello es impagable.

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Cuando viajas en un autobús por mitad de Asia, adelantando en carretera de montaña por la derecha en cambio de rasante a toda velocidad, y lógicamente sin nada parecido a un cinturón de seguridad, te preguntas… ¿A esta gente le da igual morir?. Obviamente no, pero el riesgo propio de la vida primitiva está tan arraigado en su percepción que no sienten miedo. Esto es algo evitable, sí, pero cuando estás inmerso en estos países no puedes cambiar su cultura, o lo aceptas como parte del viaje o vuelves a Europa. Y es una experiencia enriquecedora. Acabas pudiendo dormir en esos autobuses cuando asumes que si, que tu vida está en peligro, pero que merece la pena por el conjunto de la experiencia.

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Estás comiendo fruta de un mercado al norte de África y te preguntas… ¿Cómo es posible que no se den cuenta que este alimento está sucio o en mal estado y puede ser perjudicial? Y no se dan cuenta, una vez más porque su percepción de la limpieza es completamente diferente. Y yo, soy de los que se lleva directamente el alimento a la boca, o como mucho lo limpio un poco con la camiseta. ¡Puedo enfermar! ¡Claro! Y de hecho mientras escribo esto arrastro una amebiasis desde hace varios meses que me traje de la India. Pero merece la pena el riesgo (¡y lo digo desde el porcentaje malo!) por saborear un mango fresco a bocados en un mercado tradicional a miles de kilómetros de tu casa. No olvidemos nuestra condición. Somos animales. ¡Estamos preparados para todo esto y más! Salgamos de nuestra burbuja.

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Estás en un albergue y ves pasar ratas y oyes infinidad de insectos de indescifrable naturaleza, y mientras escuchas a los locales roncar profundamente dormidos te preguntas… ¿Cómo puede ser que duerman con todos estos seres dando señales de vida? Pero si te paras a pensar, la presencia de una rata, o una cucaracha, ¿por qué motivo habría de impedirte el sueño?. No es lógico, sólo lo es bajo nuestra mente occidental. Pueden picarte mosquitos, arañas, pulgas. ¿Y qué?. No vas a morir por ello. Merece la pena llegar al punto de obviar el Universo de los insectos y roedores a cambio de un reparador sueño en mitad de una yurta en el desierto de Gobi.

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Todo esto no es sencillo de cambiar en uno mismo, de hecho es un largo proceso. Y cuando se viaja a estos lugares, y eso es algo que se comprende con el tiempo, no basta con volver y decir: “he aguantado”, o “lo he llevado bien”. No. Con el tiempo aprendes a: “he disfrutado cada segundo”, “me ha encantado sufrir subiendo el Himalaya”, “adoro la horrible comida del templo tibetano”, “me encanta la experiencia de dormir en el suelo”. Porque aprendes a valorar el todo, aprendes a valorar que merece la pena esa increíble experiencia que estás viviendo, ese poder ver la vía láctea, con la mayor claridad que jamás la podrás ver, desde lo más profundo de Etiopía mientras los mosquitos te cosen a picotazos. Estos viajes se disfrutan al 100% cuando el sufrimiento en ellos forma parte de ti, y no lo aguantas, lo disfrutas.

Por todo ello, aconsejo este tipo de experiencias para dejar de preocuparse en la vida, para entender que merece la pena vivir sin miedo pese a que la vida tiene riesgos, si, pero merece la pena correrlos porque el premio es mucho más valioso. Puede pasarte algo horrible. Por supuesto. Pero el 99% de las cosas que te pueden pasar tienen arreglo, y vivir con menos miedos y preocupaciones no tiene precio. Esto es algo que he aprendido caminando por el mundo.

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Y ya en tu día a día, los inconvenientes, los malos momentos, las incomodidades. Se ven de otra forma. El premio de vivir y poder experimentar y disfrutar es suficiente motivo para aceptar que todo lo demás entra en el pack. Y también en el mundo más civilizado se puede disfrutar de los malos momentos si evaluamos el todo. No vivimos nada mal aquí…

Aunque hay mucho que aprender de allí…

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