EGIPTO (Parte 4) – El valle de los reyes

El quinto fue el día en el que concluyó nuestro crucero por el Nilo y llegamos a la ciudad de El Cairo.

Cogimos el autobús temprano, como de costumbre, y nos dirigimos hacia el valle de los reyes atravesando unos pueblos con vistas muy interesantes.

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Una vez allí Shayed nos compró la entrada al recinto y nos subimos en una especie de trenecitos que nos llevaban hasta el centro del valle. Se encontraba rodeado de altas montañas de aspecto totalmente desértico y estaba plagado de excavaciones con tumbas de faraones. El guía nos dijo que se cree que hay muchas más y que de hecho hacía poco se habían encontrado en los alrededores algunas nuevas.

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Visitamos varias de estas tumbas (creo que el ticket te daba acceso a 4 de ellas). Se sumerjían varios metros bajo el suelo y presentaban unas paredes repletas de jeroglíficos, esta vez adornados con colores muy vivos (al estar excavadas se han deteriorado menos y conservan el factor cromático, que de hecho estaba originalmente presente en la mayoría de geroglíficos pero el tiempo se encargó de decolorar). Algunos de los dibujos me sorprendieron por ser absolutamente infantiles: gusanos con antenitas y ojos, típicos de cualquier niño actual… Muchos de los iconos se repetían constantemente (pollos, gusanos…) e incluso vimos un solitario icono de un pene. Al fondo de las tumbas estaban los sarcófagos de piedra, enormes, como de 2 metros de alto por 4 de largo con un grosor de piedra gigantesco. Increible pensar como metieron aquello allí. Deben pesar toneladas. [La imagen del interior de la tumba es extraída de Internet ya que no pude realizarlas por mí mismo. Respecto a la primera de las de abajo, recuerdo que a los nativos les llamaba mucho la atención mi camiseta, por la expresión de la cara de la mujer].

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Vi un par de las tumbas que eran prácticamente iguales, el resto no las pude ver porque mientras me ataba un turbante a la frente para evitar el calor perdí el ticket. Además para ver la tumba de Tut Ankh Amun había que pagar aparte y el guía nos dijo que no merecía la pena, que no quedaba nada dentro. Mi novia en la tercera tumba a la que entró sufrió un mareo por el intenso calor que hacía dentro de ellas, eran como saunas, y decidió quedarse fuera y no entrar a la cuarta, por lo que me cedió su pase y pude yo entrar a verla. Después volvimos a la salida y nos quedamos esperando al resto del grupo bajo un calor que ahogaba, echándonos agua constantemente a la cabeza con un pulverizador que llevábamos, abanicándonos y ocultándonos en cualquier sombra que viésemos. Cuando el resto del grupo volvió Pitu y Arturo nos contaron que habían visto más tumbas que había en un lugar más apartado y a las que les había llevado una especie de arqueólogo belga que habían encontrado; y que eran muy interesantes (me molestó que el guía ni las hubiera mencionado pero a estas alturas ya te das cuenta que van a tiro fijo y no se molestan en ofrecer opciones muchas veces más atractivas para el viajero) y también nos dijeron que habían pagado por ver la de Tut Ankh Amun y que dentro sí que había cosas interesantes, ¡¡¡de hecho estaba la momia del propio Tut Ankh Amun allí!!!. El sarcófago y los tesoros no, pero sí la momia. ¡¡¡Vaya un guia que teniamos!!.

Volvimos al tren que nos llevaría a la salida del valle para coger el autobús y volver a la zona de Luxor, donde visitaríamos un templo más, el templo de Hatshepsut. Este templo no era excesivamente grande. Entramos y tuvo lugar una anécdota: Estaba Shayed soltándonos su rollo de siempre que prácticamente nadie escuchaba ya… cuando a mi novia se le cayó la botella de agua, y esta fue rodando un buen rato por el suelo del templo hasta pararse a los pies de una estatua… ¡¡¡resultó ser otra representación de la diosa leona Sekhmet!! Aquella con supuestos poderes que buscamos en el templo de Karnak sobornando a los guardias. Todo el mundo se calló de repente y el guia dijo: “Eso es que la diosa tiene sed”. Mi novia recogió el agua y el guia le advirtió bromeando: “Harás enfadar a la diosa si le quitas la botella”. Acto seguido continuó su explicación y mientras tanto nuestros espirituales amigos puertoriqueños se acercaron a la estatua y con una bota que tenian cargada de agua la rociaron para, supuestamente saciar su sed, demostrando una vez mas su alto indice de superstición.

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Salimos del templo de vuelta al autobús y vimos que estaban excavando varios obreros (sin casco ni indeumentaria de seguridad alguna) porque se habían descubierto más restos del templo en los alrededores. Te da la sensación de que en ese país excaven donde excaven encontrarán maravillas….

De vuelta al barco donde tomaríamos nuestra última comida a bordo, íbamos en el bus e hicimos una parada obligada al presentarse en nuestro camino los imponentes Colosos de Memnón. Dos estatuas de gigantescas dimensiones en las que se representaba al faraón Amenhotep II en la típica posición de paz que tanto habíamos visto. Lo que más impresionaba era el tamaño de estas estatuas, ya que su estado de conservación era precario, quizás por ello y por el cansancio acumulado hubo gente que se quedó en el autobús a contemplarlas desde la ventanilla. Yo sin embargo bajé, no quería insensibilizarme ante aquella construcción faraónica (nunca mejor dicho). Y aún impresiona más visto de muy cerca, cuando comparas tu tamaño con los dedos de la figura….

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Íbamos de camino al barco cuando Shayed nos avisó de que antes de volver a la nave íbamos a hacer una parada en una joyería por si alguien quería comprar alguna joya típica egipcia (colgantes de cartucho, bustos de nefertiti…) y no volvió a ocultar de nuevo que llevaba comisión en aquellas ventas. Esto empezó a cansar a algunos de los viajeros que, al llegar a la joyería decidieron quedarse fuera y tomar algo en un bar cercano. Yo quería ver un colgante que me había encargado mi madre y que con todo el ajetreo del viaje me había sido posible buscar aún. Entramos a la tienda y como es de recibo en cualquier negocio árabe mostraron su hospitalidad invitando a todo el mundo a té, aunque yo preferí probar una infusión llamada “agua de jamaica” (de color rojizo y sabor amargo) porque estaba algo cansado de tanto té. Finalmente tras un buen rato mirando ví un colgante similar al que mi madre quería, pregunté el precio y me dijeron 400 euros, un disparate… tras un rato negociando me lo dejaban en 340, imposible… era pagar más de lo que me habia costado todo el viaje a Egipto. Finalmente salí por la puerta y mientras me iba el dependiente me gritaba: ¡¡250!! pero decidí no hacerle caso, estábamos hablando de cifras que no podía pagar en ese momento.

Volvimos al autobús y de allí al barco. Una vez en el barco se nos debía servir la comida antes de partir y llegar finalmente a El Cairo, pero Pitu tuvo una idea, en su guía aparecía un restarutante en la zona en la que estábamos, que figuraba como imprescindible, y dijo que ella iría a comer allí y volvería después al barco. A Cristina y a mí nos pareció buena idea, siempre creímos que era mejor cuanto más nos saliésemos de la ruta programada del viaje. Al final acabamos convenciendo a todo el grupo y nos fuimos todos en busca del restaurante. cogimos varios taxis, uno para cada dos parejas, y después de negociar pacientemente el precio, nos pusimos en marcha hacia el lugar. Por el camino apreciamos la vida diaria de este pueblo, e incluso vimos a una niña pequeña de la mano de su madre vestida de flamenca. Si, no lo entiendo…

Por cierto, no he hablado aún de los taxis africanos. Suelen ser vehículos antiguos, sin cinturón de seguridad, por supuesto, en un estado de conservación algo precario, y sobre el salpicadero siempre un trapo de pelo. Esto último me inquietaba, no entendía el motivo, pero tras preguntarle a este conductor comprendí que era por las altísimas temperaturas, de no llevarlo todo el plástico se abombaría del calor y se deformaría. Y por supuesto siempre una copia del Corán encima. No ví coche que no la llevara.

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Llegamos al restaurante, estaba algo escondido. Los taxistas como de costumbre se ofrecieron a esperar en la puerta el tiempo de la comida y llevarnos de vuelta. Esta vez accedimos. Subimos unas escaleras hasta llegar a la zona superior del edificio, donde servían la comida. Era precioso. Muy bien decorado con su mobiliario de madera, ventiladores para paliar el calor y mucha decoración compuesta de alfombras, platos y cadenas que colgaban del techo. Hasta con un pequeño jardincito en su interior. Muy acogedor y auténtico.

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Nos sentamos y disfrutamos de una conversación que nos dió la oportunidad de conocernos más dentro del grupo, de saber en que trabajaba cada uno, en que ciudad vivía, etc… Cosa que aunque parezca mentira, pero con el ajetreo de las constantes visitas no había sido posible. Pedimos un variado de comidas típicas, para probarlas. Algunas de ellas estában excesivamente picantes para mi gusto, pero todo era delicioso. Para beber pedí una fanta de naranja, para variar un poco de tanta coca-cola y cerveza. He de decir que la fanta tenía un color más oscuro que en España, sabía diferente y tenía mucho menos gas, y por supuesto, no estaba muy fría, cosa que con el calor tan terrible era un inconveniente. Tardaron mucho en servir la comida, muchísimo. Y es que estábamos acostumbrados al barco, un lugar adaptado a la perfección para los occidentales, pero esto era más real, estábamos fuera de la burbuja turrística (al menos un poco más) y las cosas funcionan así en la realidad en estos lugares.

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Tras terminar la comida y una breve sobremesa volvimos al barco mediante los mismos taxis que nos trajeron a comer, donde nos esperaban para llevarnos a nuestro destino final, la capital egipcia, El Cairo, o Al-Qāhira en árabe ( القاهرة ) que significa “la victoriosa”. Recogimos las habitaciones y preparamos las maletas para abandonar aquel barco que nos había acogido a través del Nilo durante 5 días ya (con la intensidad del viaje parecía que llevábamos semanas allí). Aprovecharé la ocasión para describir el barco. Su recibidor tenía el aspecto de una antigüa mansión de lujo, con ostentosas escaleras, jarrones dorados, una fuente en el centro y diversas estatuas de piedra. Era habitual que el servicio nos esperase a la entrada con unas bandejas plateadas repletas de paños mojados en agua, con la finalidad de que nos los aplicásemos en la cabeza para mitigar el tremendo calor. En la primera planta podíamos encontrar la discoteca en la que celebramos la fiesta de chilabas, así como una tienda en la que vendían prácticamente de todo -como se aprecia en las imágenes- y en la que compramos: la chilaba que usamos en la fiesta, la fotografía de grupo que te hacían en esa misma fiesta y que luego estaba allí dispoible en papel para su venta, y un peine; sí compré un peine ya que había olvidado el mío en España y el primer día entré a la tienda para ver si tenían uno. No tenían pero tras negociar el precio con el vendedor durante una larga media hora (por un importe cercano al euro) se comprometió a conseguirme uno (supongo que comprándolo en cualquiera de los pueblos por los que pasamos) y me lo vendió el segundo o tercer día de viaje.

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Llegamos a El Cairo ya de noche y allí nos atendió un nuevo guía para llevarnos al hotel. Su nombre era Ali, era joven, un estudiante universitario que ejercía de guía en verano para sacar un dinero. Nos subimos junto con nuestras maletas a un autobús y nos adentramos en la interesante y nocturna ciudad de El Cairo. Lo primero que nos llamó la atención fue el intensísimo tráfico. Era increíble. Una marea de automóviles por la que apenas se podía circular. Sin respeto alguno por la separación de carriles. Y con un contínuo y molesto sonar de cláxon. Pero al menos aquí en la capital ya sí que hacían uso de las luces en los vehículos. El nuevo guía nos comentó que él para llegar a la Universidad en invierno desde su casa tenía que salir 3 o 4 horas antes y a la vuelta tardaba lo mismo, por lo que diariamente pasaba una media de 7 horas en el coche. Bromeaba haciendo juegos de palabras del estilo El Cairo = El Caos, y no le faltaba razón, aquello era de locos. Tardamos varias horas en atravesar la inmensa marea metálica de las calles mientras nos hablaba de el espíritu comercial de esta ciudad: “aquí todo se vende y se compra”, “este tráfico es una imagen de la actividad mercadera de la ciudad y está presente casi las 24 horas del día”, etc… También, en cuanto a política, dijo que prefería no hablar, que el régimen de Mubarak no veía muy bien que se hablase de política a los turistas.

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Llegamos al hotel de madrugada. Se trataba del Mövenpick Cairo Pyramids. La recepción era muy amplia, psicodélica y lujosa, tenía un buen comedor y varias tiendas en su interior, entre ellas un par de bancos, y tras registrarnos con los pasaportes nos llevaron a las habitaciones. Había que pasar por un pasillo a la parte trasera y alli había unos jardines por los que andando tras el personal de servicio llegamos a la habitación que era como un pequeñito chalet con unas sillas en la puerta. El chaval que nos había acompañado se quedó un momento esperando y dedujimos que quería algo de dinero. La cosa quedó clara cuando extendió la mano… Le dimos algunas libras pero nos dijo que prefería euros, y finalmente creo que le dimos 50 céntimos o 1 euro. Entramos en la habitación, que estaba bastante bien, deshicimos las maletas y nos acostamos a descansar  tras otro agotador día. Mañana tocaba visita a las pirámides por la mañana. Un momento esperado por muchos.

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